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Más inestable que el tritio. Más abstracta que Kandinsky.

8.20.2013

El cine consigue lo que ninguna persona y lo que -a duras penas- la música. O lo que sea.
Me siento a oscuras y de repente el mundo desaparece y sólo estoy yo, al lado del protagonista, al lado de los antagonistas, paseando por la calle o simplemente viendo desde el cielo, como un dios, lo que pasa. En un momento, pertenezco a otro mundo, otra situación.
Quizá sólo necesito que mis problemas desaparezcan y me de cuenta de que es más importante que consiga parar a ese villano que intenta tener al mundo bajo control, disparar a aquel espía enemigo, acabar con un monstruo que está destruyendo una de las ciudad más importantes a nivel mundial o, simplemente, evitar una plaga.
Supongo que de vez en cuando no viene mal que mis problemas se conviertan en minucias, que una pantalla me haga soñar. Descubrirme encogida agarrándome las piernas y arañándome las palmas de las manos por culpa de la tensión.
Creo que a veces no me viene nada mal evadirme de todo por un par de horas.

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